IMPRONTA
La caída de las remesas
Carlos Miguel Acosta Bravo
La caída de remesas registrada durante el mes de agosto
-que fue de 5,452 millones de dólares, - afecta a la economía mexicana sobre
todo por la vía del consumo de los hogares receptores, la actividad regional y
el ingreso de divisas. Sin embargo, todavía no constituye una crisis
macroeconómica, pues el acumulado de
enero a agosto creció 2.2% anual, aunque el poder adquisitivo real de las
remesas sí lleva 15 meses deteriorándose.
En agosto, las remesas sumaron 5,452 millones de
dólares, 3.6% menos que en el mismo mes de 2025. La baja se explicó
principalmente por una reducción de 6.4% en el número de operaciones, que pasó
a 13.2 millones de envíos; el envío promedio, en cambio, subió a 412 dólares.
Los factores señalados son el endurecimiento de la
política migratoria de Estados Unidos -incluidas restricciones y mayores
requisitos para enviar dinero por parte de personas sin estatus migratorio o
autorización laboral-, la debilidad del empleo mexicano en ese país y las
fluctuaciones del peso frente al dólar.
El impacto más inmediato es sobre el gasto
familiar. Las remesas son ingresos que en buena medida se destinan a alimentos,
vivienda, salud, educación, servicios básicos y deudas; una contracción se
traduce en menor demanda interna, especialmente en comunidades con alta
dependencia de estos recursos.
El efecto real es mayor que la caída nominal, al
considerar el tipo de cambio y descontar la inflación, los hogares receptores
recibieron en agosto 14.7% menos recursos que un año antes. Esto significa que,
aunque el flujo en dólares apenas retrocedió, su capacidad para comprar bienes
y servicios en México cayó de forma mucho más pronunciada.
El golpe no se distribuye de manera uniforme.
Estados como Michoacán, Guanajuato, Jalisco, Zacatecas, Oaxaca, Puebla,
Guerrero, Hidalgo y Veracruz tienen municipios donde las remesas representan
una parte relevante del ingreso disponible.
En esos territorios, una baja sostenida puede
reducir el comercio local y el consumo en mercados, tiendas y servicios;
desacelerar la construcción y remodelación de viviendas; afectar la demanda de
transporte, telecomunicaciones, salud y educación; aumentar la vulnerabilidad
de hogares que dependen de transferencias desde Estados Unidos; presionar el
empleo informal y los pequeños negocios locales.
Para Veracruz, el efecto es más visible en
municipios receptores con fuerte vínculo migratorio, donde la remesa funciona
como un ingreso complementario que sostiene consumo básico y actividad
comercial.
Las remesas son una fuente importante de divisas
para México y contribuyen a financiar parte del déficit de cuenta corriente.
Una caída persistente podría reducir la oferta de dólares en el mercado
cambiario; presionar al peso a depreciarse si el deterioro se prolonga;
debilitar el consumo privado, uno de los motores del crecimiento; moderar la
recaudación asociada a IVA y consumo; afectar indirectamente la inversión,
porque las familias y pequeños negocios tienen menos recursos para gasto
productivo.
No obstante, el efecto de un solo mes es acotado.
Entre enero y agosto de 2026 entraron 41,802 millones de dólares, 2.2% más que
en el mismo periodo de 2025; por tanto, el riesgo macroeconómico depende de que
agosto sea el inicio de una tendencia, no un dato aislado.
La apreciación del peso reduce el valor en pesos de
cada dólar enviado. Eso explica por qué, aun cuando las remesas en dólares se
mantienen relativamente altas, los hogares mexicanos tienen menos poder de
compra.
Hay un matiz importante, si el peso se depreciara
de manera ordenada, el valor en pesos de las remesas podría recuperarse, como
anticipan algunos analistas. Pero una depreciación fuerte tendría su propio
costo, al encarecer importaciones, insumos, combustibles y presionar la inflación.
La baja de agosto es una señal de alerta más que un
colapso. Su relevancia no está tanto en el 3.6% nominal, sino en la combinación
de tres factores: menos envíos, menor empleo e ingreso de migrantes mexicanos
en Estados Unidos y una pérdida acumulada de poder adquisitivo en pesos.
Si la política migratoria estadounidense sigue
restringiendo la capacidad de trabajar, enviar dinero o mantener vínculos
financieros formales, el riesgo es que México enfrente una desaceleración del
consumo en las regiones más dependientes de remesas, con efectos sociales y
económicos desproporcionados respecto de su peso en el PIB nacional.

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