IMPRONTA
Ricardo
Salinas Pliego, cuando el adversario también se convierte en protagonista
Carlos
Miguel Acosta Bravo
En política existe una máxima que rara vez
falla, los gobiernos eligen a sus adversarios, pero muchas veces también
contribuyen a construirlos. La confrontación permanente entre el gobierno
federal y el empresario Ricardo Salinas Pliego parece encaminarse precisamente
hacia ese escenario, donde ambas partes encuentran incentivos para mantener
vivo un conflicto que trasciende los tribunales y se traslada al terreno de la
opinión pública.
Lo que comenzó como una disputa derivada de
litigios fiscales y diferencias sobre el papel del Estado en la economía ha
evolucionado hacia una confrontación política de alto perfil. Salinas Pliego
dejó hace tiempo de ser únicamente uno de los empresarios más importantes del
país para convertirse en un actor que influye en la conversación pública,
particularmente entre sectores que cuestionan el proyecto político de Morena.
Paradójicamente, parte de ese crecimiento no
proviene únicamente de su capacidad de comunicación, sino también de la
atención que recibe desde el propio gobierno. Cada vez que su nombre aparece en
las conferencias matutinas, en declaraciones de dirigentes morenistas o en
campañas digitales impulsadas por simpatizantes del oficialismo, su presencia
pública aumenta. La historia política demuestra que convertir a una persona en
antagonista permanente suele otorgarle una visibilidad que difícilmente habría alcanzado
por otros medios.
Sin embargo, notoriedad y respaldo ciudadano
no son conceptos equivalentes. Ricardo Salinas Pliego puede convertirse en uno
de los personajes más conocidos del país sin que ello implique un crecimiento
proporcional de su aceptación. La exposición pública amplifica tanto las
simpatías como los rechazos, y en su caso ambos parecen avanzar al mismo
tiempo.
El mayor obstáculo para ampliar su influencia
política se encuentra en el electorado que constituye la base más sólida de
Morena. Declaraciones como aquella en la que planteó restringir el derecho al
voto a beneficiarios de programas sociales fueron interpretadas por amplios
sectores como una postura contraria al principio constitucional del sufragio
universal. Más allá de las explicaciones posteriores o del contexto en que
fueron emitidas, ese episodio dejó un argumento político que el oficialismo
puede utilizar para reforzar una narrativa que le ha resultado efectiva desde
2018. Presentar la disputa como un enfrentamiento entre las élites económicas y
los sectores populares.
En ese sentido, es difícil imaginar que
Salinas Pliego logre penetrar significativamente en el llamado voto duro de
Morena. No porque sus planteamientos económicos carezcan de respaldo entre
algunos ciudadanos, sino porque determinadas declaraciones fortalecen una
percepción negativa ya instalada entre buena parte de ese electorado.
Distinto es el panorama entre las clases
medias urbanas, empresarios, profesionistas, emprendedores y ciudadanos que
defienden una economía con menor intervención estatal. En esos sectores existe
un espacio político e ideológico que actualmente carece de un liderazgo
claramente definido. Salinas Pliego ha ocupado parte de ese vacío al
convertirse en un defensor abierto del libre mercado, de la reducción del gasto
público y de una visión crítica frente al crecimiento del Estado. Sin
pertenecer a un partido político, ha conseguido influir en la agenda de una
parte de la oposición y posicionarse como una referencia para quienes
consideran insuficiente la respuesta de los partidos tradicionales.
Pero la confrontación tampoco resulta
perjudicial para Morena. El oficialismo obtiene beneficios al mantener vigente
un adversario que encarna, para una parte de su narrativa, la representación de
los grandes grupos empresariales. La disputa permite reforzar mensajes sobre
justicia fiscal, combate a privilegios y defensa de los programas sociales,
elementos que continúan siendo pilares de la comunicación política del
movimiento gobernante.
En consecuencia, ambos actores encuentran
incentivos para sostener el conflicto. Salinas Pliego fortalece su liderazgo
entre quienes rechazan al gobierno, mientras Morena consolida la cohesión de su
base electoral al presentar un adversario claramente identificable. Es una
confrontación en la que ambos alimentan la narrativa del otro.
La verdadera incógnita consiste en determinar
si el empresario decidirá dar un paso adicional hacia la política. No
necesariamente como candidato, sino como articulador de un movimiento de
opinión, impulsor de organizaciones civiles, promotor de causas específicas o
respaldo visible para proyectos opositores. La experiencia internacional
demuestra que algunos empresarios han logrado influir de manera decisiva en la
vida pública sin aparecer nunca en una boleta electoral.
No obstante, esa posibilidad dependerá de un
factor decisivo. La capacidad de modificar la conversación pública. Mientras el
debate permanezca concentrado en litigios fiscales o controversias personales
con el gobierno, será complicado ampliar su influencia hacia sectores que hoy
le son adversos. En cambio, si logra posicionar temas relacionados con
libertades económicas, regulación estatal, innovación, competencia o
crecimiento, podría construir una agenda con mayor alcance y atraer apoyos más
diversos.
Al final, el escenario más probable no apunta
hacia una victoria clara para alguno de los dos bandos, sino hacia una
profundización de la polarización política. Ricardo Salinas Pliego continuará
consolidándose como una de las voces más visibles del sector opositor, mientras
Morena seguirá utilizándolo como un ejemplo útil para reforzar su propio
discurso. Ambos incrementarán su protagonismo, aunque no necesariamente su
capacidad para convencer a quienes hoy piensan distinto.
La política contemporánea suele premiar la
confrontación porque genera atención, moviliza simpatizantes y mantiene activa
la conversación pública. Sin embargo, también tiene un costo, dificulta la
construcción de consensos y convierte a los personajes públicos en símbolos que
despiertan adhesiones o rechazos absolutos.
En ese contexto, Ricardo Salinas Pliego parece
encaminado a convertirse menos en un empresario y más en un actor político de
facto. La incógnita ya no es si seguirá creciendo en visibilidad; eso parece
prácticamente asegurado mientras continúe el enfrentamiento con el gobierno. La
verdadera pregunta es si esa notoriedad podrá transformarse algún día en
influencia política capaz de trascender los sectores que hoy ya lo respaldan.
Hasta ahora, las evidencias apuntan a que el conflicto fortalece su papel como referente
opositor, pero no necesariamente como un líder con capacidad para construir
mayorías.
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cacostabravo@yahoo.com.mx
Maestro en Comunicación por la Universidad
Iberoamericana. Formó parte del cuerpo
académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la
Universidad Anáhuac, campús norte.

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