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martes, 6 de octubre de 2026

Articulista invitado Carlos Miguel Acosta Bravo


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Universidades públicas y gratuidad

Carlos Miguel Acosta Bravo

Las universidades públicas enfrentan una presión cada vez mayor, deben recibir a más estudiantes con menos recursos, mientras una parte creciente de su presupuesto se destina a salarios, pensiones y jubilaciones. La ANUIES advierte que el déficit acumulado entre 2019 y 2026 llegó a 55 mil 400 millones de pesos y solicita para 2027 una ampliación de 36 mil 800 millones. De ellos 9 mil 500 millones deben ser  aplicación inmediata y 27 mil 300 millones de asignación gradual.

El problema no es sólo contable. Detrás de esas cifras están las condiciones en que estudian miles de jóvenes, el trabajo de docentes e investigadores y la capacidad de las universidades para contribuir al desarrollo de México.

La matrícula de las universidades públicas aumentó 18% entre 2018 y 2026, pero el financiamiento no creció al mismo ritmo. La ANUIES sostiene que los recursos asignados han quedado por debajo de la inflación y del crecimiento de la economía, lo que ha reducido la capacidad real de las instituciones.

En 2026, el aumento presupuestal para las universidades públicas estatales fue de aproximadamente 1.79%, menor que la inflación estimada. Esto significa que, aunque nominalmente recibieron más dinero, en términos reales perdieron capacidad de compra desde el inicio del ejercicio.

La situación puede resumirse así, más alumnos, más obligaciones y menos margen para sostener la operación cotidiana. Uno de los mayores desafíos es el gasto en pensiones y jubilaciones. De acuerdo con la ANUIES, en algunas universidades este concepto representa entre 40% y 50% de la nómina.

Las pensiones son derechos adquiridos y no deben presentarse como un obstáculo causado por los trabajadores jubilados. El problema está en que muchos sistemas pensionarios no fueron diseñados para el envejecimiento de las plantillas ni cuentan con reservas suficientes o aportaciones públicas adecuadas.

Cada peso destinado a cubrir un déficit pensionario es un peso que deja de utilizarse, si no existe financiamiento adicional, para contratar profesores, abrir plazas, mantener laboratorios, reparar edificios, renovar equipos, ampliar becas o fortalecer la investigación.

No atender este problema sólo lo encarece. Si no hay una reforma financiera responsable, cada año crecerá la parte del presupuesto comprometida antes de que comiencen las actividades académicas.

La eliminación o reducción de las cuotas de inscripción busca hacer efectivo el derecho a la educación superior gratuita. El objetivo es correcto, pero puede fracasar si el gobierno elimina ingresos propios sin sustituirlos con recursos permanentes.

Una universidad debe recibir a más estudiantes, cobrar menos y, al mismo tiempo, pagar salarios, pensiones, servicios, mantenimiento, conectividad y materiales. Si no existe un fondo federal que compense la disminución de cuotas, la gratuidad puede terminar financiándose con menos profesores, aulas saturadas, laboratorios deteriorados y servicios estudiantiles reducidos.

La gratuidad no puede limitarse a prohibir el cobro. Debe garantizar que las instituciones tengan recursos suficientes para ofrecer una educación de calidad. De lo contrario, el derecho existe en la ley, pero se debilita en la práctica.

La consecuencia más preocupante recaerá en los estudiantes. La ANUIES estima que 211 mil alumnos abandonan cada año sus estudios en instituciones públicas y que 76% lo hace por razones económicas.

La falta de recursos puede aumentar el abandono de estudiantes mediante la reducción de becas y apoyos de transporte o alimentación; menos cursos y horarios disponibles; suspensión de servicios estudiantiles; retrasos en trámites, titulaciones y certificaciones; deterioro de instalaciones; grupos más numerosos; menor contratación de profesores y asesores; menor atención a estudiantes con discapacidad o en situación vulnerable.

Un estudiante que debe trabajar, pagar transporte y materiales, enfrentar horarios limitados y estudiar en instalaciones deficientes tiene más probabilidades de abandonar. Por eso, la deserción no depende sólo de decisiones individuales, también refleja la capacidad de la institución para acompañar a sus alumnos.

La crisis financiera también afecta la investigación, la innovación y la vinculación con la sociedad. La ANUIES señala que las universidades públicas realizan alrededor de 90% de la investigación del país.

Cuando faltan recursos se reducen los proyectos científicos, las becas de posgrado, la compra de equipo y la participación en redes académicas. El deterioro es acumulativo: un laboratorio sin mantenimiento pierde capacidad; un investigador sin apoyo deja de dirigir proyectos; una universidad que no renueva su infraestructura pierde competitividad.

La austeridad sin prioridades puede convertirse en ahorros ficticios. Se ahorra en el corto plazo, pero se pierde productividad, innovación y capital humano en el futuro.

En entidades como Veracruz, las universidades públicas cumplen una función que va mucho más allá de impartir clases. Son centros de investigación, espacios culturales, empleadores, prestadores de servicios y motores de movilidad social.

Cuando las Universidades operan con déficits, se retrasan obras y trabajos de mantenimiento; se disminuye la contratación de proveedores locales; se reducen proyectos de investigación aplicada; se limita la formación de profesionistas; se debilita la atención a comunidades; aumentan las desigualdades entre estudiantes urbanos y rurales. Por eso, el financiamiento universitario debe entenderse como una inversión en desarrollo regional, empleo calificado, innovación y cohesión social.

La crisis no puede atribuirse exclusivamente al gobierno federal. Las universidades también deben transparentar sus finanzas, revisar contratos colectivos, actualizar sus sistemas pensionarios, contener gastos administrativos y demostrar que utilizan con eficacia los recursos públicos.

Pero la responsabilidad institucional no justifica un presupuesto insuficiente. El Estado no puede exigir más matrícula, eliminar cuotas y mantener las mismas obligaciones laborales sin crear mecanismos permanentes de compensación.

Se necesita un acuerdo financiero de largo plazo que incluya, presupuestos que no pierdan frente a la inflación; un fondo especial para pensiones y jubilaciones; recursos compensatorios por la gratuidad; reglas claras para salarios y plazas; saneamiento de pasivos con metas verificables; transparencia y rendición de cuentas; protección de becas y apoyos estudiantiles; inversión sostenida en infraestructura, conectividad e investigación.

Los 9 mil 500 millones solicitados para atender necesidades inmediatas no deben convertirse en un rescate sin condiciones. Deben formar parte de una política nacional que evite repetir cada año la misma emergencia. Los 27 mil 300 millones de asignación gradual también requieren reglas claras, criterios de distribución, evaluación y seguimiento, fiscalización y rendición de cuentas claras.

Si sólo se entregan recursos extraordinarios para cubrir nóminas atrasadas, el problema reaparecerá. Si se niegan los apoyos, el costo recaerá en estudiantes, docentes, trabajadores y regiones enteras.

México debe decidir si está dispuesto a financiar realmente la educación superior pública o si aceptará que la falta de recursos produzca menos cobertura, más deserción y menor calidad. La universidad pública no puede ser gratuita únicamente en el discurso, necesita un presupuesto suficiente, estable y transparente.

El déficit universitario no es sólo una cifra contable. Es la expresión de una brecha entre lo que el país exige a sus instituciones y los recursos que está dispuesto a proporcionar. Si esa brecha continúa creciendo, la primera factura la pagarán los estudiantes que hoy luchan por permanecer en las aulas.

 

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