IMPRONTA
El voto evangélico y la
disputa por el poder
Carlos Miguel Acosta
Bravo
El voto evangélico fue uno de los factores más
importantes en la primera vuelta brasileña, pero no debe interpretarse como la
única causa de la ventaja de Flávio Bolsonaro. La religión ayudó a organizar el
voto conservador, fortaleció una identidad política y convirtió la elección en
una disputa moral entre “orden” y “amenaza”. En México, las iglesias también
pueden influir en la conversación pública, aunque enfrentan límites legales
claros y difícilmente podrían desplazar por sí solas la fuerza electoral de
Morena y sus programas sociales.
Los datos disponibles muestran una marcada
diferencia entre las preferencias de católicos y evangélicos. En una medición
de Datafolha, Flávio Bolsonaro alcanzaba 52% entre los electores evangélicos,
frente a 26% para Lula. La encuesta Quaest registraba una diferencia semejante:
46% para Flávio y 27% para el presidente brasileño.
El voto evangélico ayudó a Flávio Bolsonaro de
cuatro maneras. Le proporcionó una base electoral identificada con valores
conservadores; Le permitió presentar la elección como una defensa de la
familia, la fe y el orden; Facilitó la difusión de mensajes a través de redes
comunitarias y líderes religiosos y por último contribuyó a concentrar el voto opositor en
una sola candidatura.
Sin embargo, la religión no equivale
automáticamente a un voto uniforme. Los evangélicos no forman un bloque
completamente homogéneo. Existen diferencias entre iglesias, regiones, niveles
de ingreso, generaciones y posiciones frente a la economía, la seguridad y los
programas sociales.
La religión no sólo estuvo presente como identidad
electoral. También fue utilizada para construir una imagen moral del
adversario.
En contextos de polarización, llamar “diablo” o
“instrumento del mal” al Presidente Luis Inacio Lula, no es una simple
expresión religiosa. Es una estrategia para transformar una disputa política en
una lucha entre el bien y el mal. Cuando un candidato es presentado como una
amenaza espiritual, el adversario deja de ser visto como una opción democrática
legítima y se convierte en alguien que debe ser derrotado a cualquier costo.
Ese lenguaje tiene tres efectos: Primero, simplifica
la elección. En lugar de discutir inflación, seguridad, empleo o políticas
públicas, el votante recibe una disyuntiva moral: proteger la fe o impedir el
triunfo del mal; Segundo, refuerza la identidad de grupo. Los electores
no votan sólo por un candidato; votan como integrantes de una comunidad que se
siente atacada o llamada a defenderse y tercero, reduce la posibilidad de
negociación.
La controversia religiosa en torno a Lula y a
símbolos católicos como Nuestra Señora de Aparecida también mostró que la
religión puede utilizarse para activar temores e identidades. Lula fue asociado
con una izquierda supuestamente hostil a la religión, mientras Flávio buscó
presentarse como defensor de los valores cristianos.
En México, las iglesias podrían influir en la
intención de voto de varias formas, aunque no pueden sustituir por sí solas a
los partidos ni a las estructuras sociales que sostienen a Morena.
No obstante, en México los ministros de culto
tienen prohibido realizar proselitismo político a favor o en contra de
candidatos y partidos. La legislación mexicana también prohíbe inducir al voto
o a la abstención desde los lugares de culto, y establece límites a la
utilización de símbolos religiosos en la propaganda electoral.
Por eso, la participación religiosa puede ser
determinante en la conversación pública sin necesariamente aparecer de manera
directa en un templo. Puede expresarse mediante entrevistas, redes sociales,
asociaciones civiles, pronunciamientos sobre temas sociales o debates sobre
valores.
El principal obstáculo para una movilización
religiosa contra Morena es que el partido no depende únicamente de una
identidad ideológica. Su fortaleza también está vinculada con los programas
sociales y con la percepción de que el gobierno entrega apoyos concretos a
millones de personas.
Un estudio citado por el periódico Crónica reportó
que la intención de voto por Morena llegaba a 46% entre quienes recibían
programas sociales, frente a 32% entre quienes no eran beneficiarios.
Esa diferencia es políticamente importante. El
ciudadano puede estar inconforme con la inseguridad, la corrupción o algunos
escándalos, pero al mismo tiempo valorar una pensión, una beca, una ayuda para
personas con discapacidad o un apoyo al campo.
En otras palabras, los programas sociales crean una
relación directa entre el gobierno y los hogares. Para muchas personas, esa
relación no es abstracta: tiene nombre, fecha de depósito y efecto inmediato en
el presupuesto familiar.
Por eso, una oposición que pretenda competir con
Morena no puede limitarse a criticar los programas sociales. Tendría que
responder tres preguntas:¿Mantendrá esos apoyos?¿Los ampliará o los mejorará? ¿Cómo
evitará que se utilicen con fines clientelares?
Si la oposición sólo habla de quitar, revisar o
reducir los programas, puede provocar temor entre los beneficiarios y
fortalecer a Morena. En cambio, si propone universalidad, transparencia,
mejores servicios públicos y un sistema de protección social más sólido, puede
disputar ese electorado sin atacar directamente su seguridad económica.
Las iglesias podrían modificar la intención de voto
en México si logran conectar sus mensajes con problemas concretos que preocupan
a la ciudadanía. La religión tendría mayor capacidad de influencia si se
combina con temas como inseguridad, corrupción, educación, protección de la
familia y desconfianza hacia las instituciones.
La experiencia brasileña ofrece una advertencia, el
voto religioso puede ser decisivo cuando la contienda está cerrada, pero
necesita una candidatura capaz de canalizarlo. No basta con invocar a Dios o
presentar al adversario como “el diablo”. El candidato debe ofrecer respuestas
creíbles sobre economía, seguridad, empleo y servicios públicos.
En México, una estrategia abiertamente religiosa
también podría generar rechazo. El país es socialmente diverso y cuenta con una
tradición constitucional de laicidad. La mayoría de los ciudadanos puede
valorar la fe y, al mismo tiempo, rechazar que una iglesia determine su voto.
La religión puede movilizar emociones, pero los
programas sociales atienden necesidades materiales. Esa diferencia explica por
qué Morena puede conservar ventaja incluso en medio de críticas y escándalos.
Brasil demuestra que una identidad religiosa
organizada puede fortalecer a la derecha y modificar una elección competida.
México muestra una situación distinta, las iglesias pueden influir en la
agenda, pero para cambiar la intención de voto necesitarían articularse con una
alternativa política que ofrezca seguridad económica y social.
La disputa electoral no se resolverá sólo entre
creyentes y no creyentes, ni entre izquierda y derecha. Se definirá entre
quienes logren convencer a la ciudadanía de que pueden proteger su bolsillo, su
seguridad, sus valores y sus derechos.
Para la oposición mexicana, el desafío no es
utilizar la religión como arma electoral. Es construir una propuesta capaz de
competir con la combinación que sostiene a Morena: identidad política,
presencia territorial y beneficios sociales concretos.

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