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martes, 1 de abril de 2014

ARTICULISTA INVITADO. HÉCTOR YUNES


Suministro de agua, garantía de vida

Nuestro planeta está cubierto por agua en un 70 por ciento, pero sólo el 2.5 por ciento es considerada agua dulce y de ésta apenas el 0.007 por ciento se encuentra disponible para el hombre en acuíferos, lagos y ríos principalmente, mientras que el resto está en forma de hielo en los casquetes y glaciales polares, o bien, a grandes profundidades que dificultan su extracción.
Sabemos de la importancia del agua para que podamos existir. Sin embargo, paradójicamente en muchas regiones de México con vastas reservas de agua dulce, la población carece del acceso a este vital elemento.
Mientras que en las zonas centro y norte de nuestro país, en su mayor parte, áridas o semiáridas reciben apenas 25% de agua de lluvia, en entidades del sureste como Chiapas, Oaxaca, Campeche, Quintana Roo, Yucatán, Veracruz y Tabasco, se reciben casi la mitad del agua de lluvia (49.6%), sin embargo, sus habitantes tienen menor acceso al vital líquido, pues no cuentan con los servicios básicos, como es agua entubada dentro de la vivienda.
De acuerdo a datos del INEGI, en el año 2010 apenas un 62 por ciento de la población del estado de Guerrero contaba con servicio de agua potable, mientras que en Chihuahua el 94.9 por ciento tenía acceso. Siendo evidente el avance en cobertura en zonas urbanas al contar 95 de cada 100 mexicanos agua dentro de nuestras viviendas.
No obstante, a pesar de los esfuerzos gubernamentales por garantizar su suministro, aún hay segmentos que atender, sobre todo en las zonas rurales, principalmente del sureste de México donde el potencial hídrico está fuera de duda, pero donde lamentablemente es palpable la falta de agua para beber y para mantener condiciones mínimas de higiene.
Un aspecto que, por diversas cuestiones, generalmente queda de lado es la renovación de la red de agua potable, que en muchos lares data desde hace 100 años, perdiéndose en fugas hasta 40 por ciento del agua potable suministrada y que sumado a la carencia de controles en su sectorización, por medio de válvulas que ayuden a reducir la presión, propician la lapidación de este preciado recurso natural precursor de desarrollo.
Las mediciones del Instituto Mexicano de Tecnología del Agua destacan que aproximadamente cada año se pierden 20 millones de litros de agua por fugas. A pesar de ello, la inversión para la rehabilitación de tuberías se redujo, entre 2002 y 2009, de 5.2 a 3.7 por ciento.
De ahí nuestro reconocimiento al anuncio del presidente Enrique Peña Nieto sobre el Plan Nacional de Agua, el cual contempla el aseguramiento de agua a la población, para la producción agrícola, a la demandada por la industria, mejorar el uso de las aguas tratadas y cómo lograr tratar cada día mayor volumen de agua.
Preocupa y deberemos ocuparnos todos, lo referido por la Comisión Nacional del Agua de que la mitad del agua suministrada no se factura, ya sea por fugas, tomas clandestinas o deficiencias en los padrones de usuarios, y lo más grave, es que no se obtiene el pago de la ciudadanía, aunque esto es producto, en gran parte, del círculo nocivo de la desconfianza ciudadana en el manejo transparente, eficiente y eficaz de los recursos.
En su reporte “Situación del Subsector Agua Potable, Alcantarillado y Saneamiento 2010” indica que la proporción del agua no facturada llegó a 78 por ciento en Valle de Bravo, Estado de México; contrario a ciudades como Mexicali que destacan por su eficiencia -agua producida y facturada- con el 83 por ciento; Puerto Vallarta, con 77; Saltillo, con 72, y Monterrey, con 72.
Concluyo, resaltando algo alarmante, solamente 40 por ciento de las aguas residuales son tratadas, desafortunadamente 47.8 por ciento de nuestras aguas superficiales están contaminadas y que hemos triplicado la sobreexplotación de nuestros acuíferos en las últimas tres décadas.
Afortunadamente cada vez somos más lo que tomamos conciencia en que esta situación no puede continuar. Sin duda los organismos que manejan el abasto, distribución y tratamiento del agua deben aumentar su eficiencia y productividad, pero también los ciudadanos debemos hacer un uso adecuado del vital líquido y contribuir a su cuidado, asumiendo el compromiso de usarla adecuadamente, no desperdiciarla, reparando o reportando las fugas y evitar, lo más posible, su contaminación.
El compromiso es de todos. Cuidemos el agua. Hagámoslo para que todos, en especial nuestros hijos, tengamos un mejor porvenir.

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