BIENVENIDOS...

A ESTE PORTAL DE INFORMACIÓN PERIODÍSTICA...

lunes, 19 de octubre de 2026

Articulista invitado Carlos Miguel Acosta Bravo


 

IMPRONTA

Lavado de dinero,

Carlos Miguel Acosta Bravo

Que la Fiscalía General de la República haya iniciado 8 mil 145 carpetas por lavado de dinero entre 2006 y 2026, pero haya obtenido apenas 17 sentencias condenatorias firmes, equivale a una tasa de eficiencia  de 0.2 por ciento. Ese contraste no es solo un dato estadístico, es una advertencia sobre la capacidad real del Estado mexicano para investigar, probar y castigar delitos financieros de alto impacto.

Abrir una carpeta de investigación es el inicio de una obligación, no su cumplimiento. Una investigación penal solo cumple su función si produce evidencia sólida, imputaciones bien sustentadas, procesos judiciales eficaces y, en los casos que correspondan, sentencias firmes.

Cuando de 8 mil 145 carpetas solo 17 terminan en una condena irrevocable, la pregunta obligada es si el sistema está investigando de verdad o simplemente administrando expedientes. Una fiscalía puede mostrar actividad con cifras de carpetas abiertas, aseguramientos o detenciones; pero la confianza ciudadana se construye con resultados judiciales verificables.

La credibilidad de la justicia depende de tres expectativas, que el delito se investigue, que la prueba se valore con rigor y que la sanción sea posible. Cuando la proporción entre investigación y condena es tan baja, esas tres expectativas se debilitan.

El lavado de dinero no es un delito secundario. Es el mecanismo que permite que recursos provenientes del narcomenudeo, la extorsión, el robo de combustible, la corrupción, el contrabando o la trata se conviertan en bienes, empresas y poder económico.

Por eso, la baja condena en este delito tiene un efecto multiplicador. Si el dinero ilícito no se persigue con eficacia, el crimen organizado conserva capacidad de operación, financiamiento e influencia. Las 17 sentencias firmes reportadas en 20 años contrastan con la escala del problema, de los expedientes analizados, solo ocho involucraron a miembros de grupos del Crímen Organizado.

El dato más inquietante es que el fenómeno no corresponde a un solo gobierno ni a un solo partido. Entre 2006 y 2026 pasaron administraciones federales de distinto signo político, con cambios en la PGR -hoy FGR-, en la estrategia de seguridad y en los titulares de la persecución penal.

Eso indica que el problema no es únicamente de un funcionario o de una administración. Es un problema de Estado, persistencia de estructuras fiscales débiles, escasa especialización en inteligencia financiera, poca coordinación entre FGR, SHCP, UIF, Banxico y autoridades estatales, y una cultura institucional que premia el anuncio más que la condena.

La impunidad, así, se vuelve transversal. No distingue entre gobiernos panistas, priistas o morenistas; afecta por igual la confianza de ciudadanos, empresas y víctimas. La consecuencia no es solo que pocos delincuentes vayan a prisión. Es que la justicia pierde su función disuasiva y su función igualadora.

La FGR suele difundir comunicados sobre carpetas abiertas, aseguramientos, vinculaciones a proceso y sentencias. Son información legítima, pero no deben confundirse con resultados definitivos. Una vinculación a proceso no es una condena; una sentencia de primera instancia no es una sentencia firme.

De hecho, la propia revisión del caso muestra que una sentencia reciente por operaciones con recursos de procedencia ilícita no podía contabilizarse como firme porque aún se tramitaban recursos de apelación. Esa distinción es esencial, hablar de “sentencias” sin precisar si son firmes puede inflar artificialmente la percepción de eficacia.

Para recuperar credibilidad, se necesita pasar de la actividad formal a la rendición de cuentas por resultados. Debería publicar, al menos cada trimestre, indicadores claros por delito y por entidad. Carpetas iniciadas, concluidas, archivadas y en trámite, imputaciones, vinculaciones a proceso y sentencias, diferenciando firmes de no firmes. Monto investigado, asegurado, decomisado y recuperado. Tiempo promedio de resolución, Casos abandonados, sobreseídos o con fugas de imputados. Número de condenas por delincuencia organizada, corrupción y lavado de dinero.

Un sistema de justicia no se mide por la cantidad de carpetas que abre, sino por su capacidad de convertir la denuncia en verdad procesal y la verdad procesal en justicia. Con 17 sentencias firmes frente a 8 mil 145 investigaciones, México enfrenta una crisis de eficacia que alimenta la percepción de impunidad.

Mientras esa brecha persista, la confianza en la impartición de justicia seguirá deteriorándose, sin importar el partido en el gobierno. Porque la impunidad no es solo la ausencia de castigo, es la pérdida progresiva de la creencia ciudadana en que la ley protege a todos por igual.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario